
Ahora que están tan de moda los
lugares “con encanto” y que los medios nos saturan con imágenes de esos pequeños paraísos hasta el punto de hacerles perder toda singularidad, todavía se pueden descubrir
lugares realmente “encantados” que parecen surgir de la nada en los sitios más insospechados.
En el kilómetro 211 de la carretera de A Coruña, y tras una hora de viaje a través de los extensos campos de Castilla, no sorprende una salida más a otro
pueblo más. No obstante, y si el viajero se decide a cogerla, se encontrará con una increíble sorpresa. Tras un pequeño bosquete, aún joven, de encinas, la carretera se curva y contracurva hasta toparse con un pequeño valle a cuya salida se yergue, solitaria, una loma coronada por un pequeño recinto amurallado que parece desierto y olvidado.
La sorpresa es aun más rotunda si se llega de noche, ya que el contraste entre la sinuosa y oscura carretera y las tenues luces que iluminan la muralla desplazan al viajero, lo quiera o no, a algún remoto pasado donde las princesas y los dragones son seres cotidianos.
Tras subir la colina el encanto del lugar parece disiparse entre almacenes, casas viejas y el inevitable aparcamiento para turistas. Sin embargo, si le damos un voto de confianza, aparcamos nuestro vehículo y nos disponemos a entrar en la zona amurallada, comprenderemos que tan solo hemos empezado a vislumbrar la genialidad de este lugar.
Si la imagen de la orgullosa soledad de sus murallas sorprende por lo inesperado, su interior, lleno de vida, sencillamente, te deja pasmado. Y es que
Urueña, allí donde la ven, posee más museos que bares y su reciente declaración como “Villa del Libro” la convierte en un referente cultural de la zona. Y no solo eso, Urueña es, probablemente, la
ciudad medieval más divertida de cuantas todavía siguen en pié en este país, con unas murallas que se pueden recorrer por la parte superior, el tradicional laberinto de calles estrechas y el balcón “del roto”. Eso sí, sin perder un ápice de la asombrosa calma atemporal de estos lugares, ni prescindir de modernas infraestructuras turísticas, ya sean
restaurantes o
casas rurales.